Ya está bien: menos pasarelas y más porno

Llevo ya un par de días obsesionado con el porno. No piensen mal, me refiero a la búsqueda de artículos, opiniones y estudios que relacionen el ideal de belleza con la pornografía para cocinar una entrada medianamente interesante para el pajillero/a común.

El debate sobre el canon de belleza femenino es un punto caliente en la sociedad, y entre los canones que circulan, que son varios, está ese ideal de mujer alta y extremadamente delgada que venden importantes sectores de la industria de la moda. Sin embargo, aunque casi cualquier tío se siente atraído por alguna que otra modelo, eso no quiere decir que si elaborara una lista de las 20 famosas que más desea aparezca ni una sola de ellas.

Todos tenemos algún amigo al que le flipan las mujeres con sobrepeso, estoy convencido. Yo tengo varios. Tiene su explicación en que físicamente nos atrae, más allá de la cara, dos partes del cuerpo: los pechos y el culo, y ninguna de éstas suele gustarnos planas. Y digo “suele” porque si algo diferencia la industria pornográfica de la perversidad de las pasarelas es la inmensa variedad de conceptos de belleza que circulan al mismo tiempo. La misma categorización y etiquetado de contenido en las webs porno nos revela búsquedas con todo tipo de palabras clave: jóvenes, cincuentonas, pechos grandes, sin tetas, vestidos de cuero, princesas, colegialas, dominantes, sumisas etc. Incluso hay webs especializadas en cualquiera de estas categorías.

La anorexia se ha convertido en la tercera enfermedad crónica más común entre adolescentes y la mitad de las chicas entre 15 y 16 años consideran su peso corporal elevado. Que el ideal anoréxico de belleza en ocasiones se imponga al ideal del hombre heterosexual, vulgar y corriente, hace pensar que en el canon influyen elementos alejados de la mera atracción sexual. Elementos como el hábito o la normalización; niñas de 4-5 años juegan con las muñecas palillo de Barbie y Monster High. Por otro lado entra en juego el prestigio social, sentirse “guapo” o “guapa” ayuda a ser aceptado o destacar socialmente.

La industria de la pasarela promociona un ideal de belleza que además de arbitraria es enfermiza por su componente anoréxico. Si una mujer decide que quiere ajustar su físico al gusto del hombre es preferible que sustituya las revistas de moda por las curvas del porno. O por las mujeres de sobrepeso del porno o por las cincuentonas del porno, porque, según los neurocientíficos Ogi Ogas y Sai Gaddam, un número sorprendente de nosotros las añoramos a escondidas.

Sé que el tema de promocionar el porno es conflictivo dado el nivel de machismo del género, y por ello también lo es mi necesidad de matizar este tema:

Los estereotipos de personalidad femenina que reproduce el porno son lamentables, aquí coincidiré con la mayoría de mis lectores, pero ¿alguien en su sano juicio cree sinceramente que el de los hombres salen mejor parados? ¿Acaso algún personaje masculino del porno nos ha parecido una persona interesante como para tenerlo en nuestra familia, en nuestro círculo de amistades o siquiera para tomar un café con él? En su calidad de machistas, sementales y burros no tienen parangón en la historia del cine. Cualquiera de ellos hace gala de una cantidad extraordinaria de gestos, metáforas y chistes fáciles totalmente desaconsejables para cualquier contexto social. En principio, la industria del porno no parece hacernos ningún favor al reducir nuestro género a semejantes elementos. Pero, con todo, los estereotipos del porno son un asunto sobrevalorado y es fácil darse cuenta cuando volvemos la atención del estereotipo femenino hacia el masculino. A nadie le importa que estas películas degraden a los hombres, y con razón; el hombre no carga con siglos de opresión de género a su espalda y sabe aprovechar el porno sin rencor y por lo que es: una herramienta para ponerse cachondo. En el porno, cualquier elemento intelectual, reivindicativo o elevado enturbia el conflicto narrativo principal del género: conseguir que sus personajes se pongan cerdos y se corran unos encima de otros sin preocuparse en prácticamente cualquier contexto. Es el reflejo de la frustración ante una cultura que, con sus pros y sus contras, es ferozmente represora con nuestros impulsos sexuales. Normal que los personajes, independientemente de su género, se comporten y sean tratados como meros bestias y objetos sexuales: es porno, coño.

Pero, el gran “pero” es que tampoco hay que olvidar que hablamos de porno masculino. El grueso de la industria ha sido desarrollado por hombres para hombres y emite una visión sin equilibrar de la relación sexual entre ambos sexos. Esto llega a generar expectativas algo trastornadas entre algunos adolescentes sobre cómo han de ser sus relaciones sexuales. Y es que el porno no conecta con la misma eficiencia con el apetito sexual femenino. Aunque bien es cierto que hay una industria de porno femenino en marcha y floreciente (dejo aquí una entrevista a la maravillosa cineasta Erika Lust). Las mujeres, por contra, son más dadas que los hombres a leer material erótico como bien destacan Ogas y Gaddam en el articulo traducido que enlace en este post.

Con todo, me cuesta sentirme cómodo cerrando el artículo recomendando el ideal de belleza de una industria que está plagada de silicona y estereotipos degradantes. Además, en Los Ángeles, donde se produce la mayor parte del porno mundial, hay fuertes críticas hacia partes del sector por sus condiciones laborales inseguras, tanto en forma de explotación sexual como de enfermedades de transmisión sexual.

Concluyendo, me quedo con el ideal del porno antes que el de las pasarelas, sí, pero si lo que buscamos es un ideal de belleza representativo de los gustos sexuales, sea masculino o femenino, lo mejor es acudir a la ciencia. Lo que más nos atrae son cuerpos sanos, acostumbrados al ejercicio y con un peso cercano al ideal marcado por la medicina.

 

Sé que es un tema espinoso, pero se agradecen los comentarios, aunque sea para ponerme a parir. Y, si quieres apoyar mi aventura literaria, suscríbete o sígueme en Facebook y Twitter.

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