Tiranía intergeneracional

La pareja entró en una sala llena de cunas y a Julián, el futuro padre, le paralizó ver a un niño con la nariz atrozmente partida. ¿Será de un golpe?, ¿le habrán dejado caer al suelo?, ¿nació así?, eran algunas de las preguntas que le enturbiaban el alma. Parecía más un hocico de cerdo que una nariz. Cristina, su mujer, le tiró del brazo y dijo «vámonos», pero Julián se resistió, como encandilado, y sin lograr retener sus propias palabras sugirió con timidez adoptar ese niño ¿Quién lo haría si no? La mujer observó al bebé, no sin terror, y clavó las uñas en el brazo de su marido. «¿Estás loco?», le recriminó y el corazón de Julián al final desistió. Ella no entendió la necesidad de él por proteger al más débil. En otra cuna ella se enamoró de una niñita rubia, con la sonrisa perfecta y dos grandes ojos azules iguales que los suyos. Miró a su marido buscando complicidad, pero a Julián, aunque intentó contentarla, sólo le salieron sonrisas rotas y no pudo evitar volver la vista hacia la cuna del niño. Él tampoco entendió la necesidad de ella de verse reflejada en su sucesora.

En las próximas semanas se sucedieron varios viajes más al centro de adopción, tanto para visitar la sala de cunas como para empezar los trámites. Tras el último viaje, la pareja salió del centro y Julián, radiante, sujeta entre sus brazos a la que se ha convertido en la princesa de sus ojos, una princesa con la sonrisa perfecta. Cristina, no menos radiante, sujeta entre los suyos a su príncipe con hocico. Al final fueron los bebés quienes escogieron a sus padres.

 

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