Sin pena ni gloria

Sé de un chiste pero no lo sé contar. Sólo sé contar su historia y es una de las más duras que conozco.

Era el mejor chiste del mundo y además uno de aventureros. En su juventud viajó más que cualquier otro chiste y arrancaba estruendosas risas a gente de todos los idiomas y colores. Era la mecha que encendía cualquier conversación. Unía a los amigos, a las parejas, ponía fin a las discusiones y cada vez que se contaba le seguían otros diez, le seguían otros veinte. Pero un día se volvió viejo como viejos se vuelven los chistes, que jamás salen por la puerta grande, sino que mueren lentamente.

Aquel que lo vio ser contado ese atardecer al pie del monte Makalu, Himalaya, ochenta y dos años después de arrancar su primera carcajada, no sabía que en ese momento se convertía en la tumba andandante de un material que en su día fue de leyenda. Su muerte no podía ser más triste. Su contador se llamaba Gustaf y los hombres llamados así ni siquiera suelen ser graciosos. Una vez los hombres se dispusieron a escalar, todo fueron problemas. A Gustaf y a su compañero se les agotó el buen humor. Dos días después, a apenas un par de centenares de metros de la cima, les inmovilizó un viento tan gélido y punzante que parecía tener dientes. Se acurrucaron juntos para conservar el calor que les quedaba, pero sabían que sólo les quedaba esperar a que se les agotara el aliento. Entonces el chiste también hizo su último esfuerzo por ser contado. Murió partido por la mitad.

Os contaría el chiste, pero cayó en el olvido sin pena ni gloria. Acaso lo único que dejó atrás fue una risa inmortalizada en el pedestal más alto de la Tierra.

 

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