Se nos fue de las manos el amor

Quizá fue mantener una relación demasiado estrecha con su jefa, Carolina, lo que magnificó el simple error de un informe rutinario hasta convertirlo en la causa de su despido. Francisco cerró la puerta del despacho en las narices de quien era, además de su empleadora, su esposa y llegó a casa con impotencia y rabia cayéndole de los ojos. Ni siquiera le dio tiempo a sentarse cuando Carolina entró tras él. La mujer todavía estaba fuera de sí y exigió a lo que le rendía el pulmón que rompieran su relación. Pero lo único que consiguió de su marido fue otro portazo en las narices. Esta noche, y a saber cuántas más, las pasaría el pobre diablo en el apartamento de su hermano.

Apenas llegó a casa de su hermano y le contó lo sucedido, irrumpió Carolina, que es su hermana, con el rostro cubierto de tristeza. Abrazó a Francisco con fuerza. Le dijo que lo sentía por él, pero su matrimonio nunca fue lo natural y por algo no lo reconocía la ley. Había llegado la hora de ponerle fin. La última en llegar fue la madre de ambos, que los encuentra todavía abrazados en el salón.

—Te he despedido y te he pedido el divorcio ¿te enteras?, pero, para romper de una vez por todas, te comunico que también renuncio a ti como hijo mío —le responde desde la puerta su madre, que lleva el mismo nombre que todas las mujeres de su familia.

 

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