Las edades del arte

La primera vez que sentí verdaderos celos fue cuando de pequeña mi padre me dijo: “Helen, ese cuadro vale más que mi vida”. A mí nunca me diría nada igual. Nunca. Se refería al cuadro de Alfred Kubin, su pintor favorito, que cuelga encima de su cama en el dormitorio.

El abuelo, como llamamos ahora a mi padre, ha sido desde su juventud un gran coleccionista de arte. Guarda todos sus objetos de arte en una sala de exposiciones de su propiedad, una sala con un sistema de seguridad que, por lo que cuesta, bien podría ser otro objeto de arte. El único pedazo de su colección que tiene en casa es ese cuadro, un lienzo oscuro y lúgubre donde el autor retrata su propia obsesión con la muerte. Sé por las fotos de juventud del abuelo que lleva tiempo ahí. Ese cuadro le ha visto conocer a Mamá, pedirle la mano y darle tres hijas que han llenado la casa de vida. Pero también ha estado cuando mis hermanas y yo nos mudamos lejos y nos casamos, y tuvo que pasar los últimos cuatro años a solas con mi padre, consolándolo en su soledad tras quedarse viudo. Por todo ello, me llevé una grata sorpresa la última vez que le visité. Había reemplazado el cuadro sombrío por una pintura vanguardista, colorida y llena de vida, de un huevo de Pascua. Era el dibujo que le envió mi hija Yolanda, de cinco años de edad, en Semana Santa.

Dedicado a Eleonor y Linette.

 

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