La crisis de los 40

El cuerpo de Paola experimentó todo lo que quiso en su juventud durante la revolución sexual en Occidente, pero nunca tuvo suerte en el amor. No era mala persona ni mal amante, ni de mal ver ni de poco entender, ni de discutir en exceso ni le faltaba carácter; el amor simplemente conspiraba en su contra. A sus treinta y ocho años ninguna relación le había durado más de dos meses. Sólo había llegado a llamar novio a dos chicos. El primero la abandonó por una muchacha seis años más joven que ella y el segundo acababa de volvérselo a hacer, ésta vez por una trece años más joven. Paola odiaba a los hombres con la misma intensidad con que a veces se odiaba a sí misma. Parecían tener una fijación extrema por la juventud, algo que a ella se le escapaba de entre los dedos, y de la piel de los dedos, y del aliento, y del pelo y de la figura y de la voz y de las articulaciones y de la mirada. Hasta su alma envejecía.

Harta de todo, deseaba aislarse del mundo y en una subasta adquirió una antigua casa en el campo, una casa en la que pensaba instalarse el mismo día de cumplir los treinta y nueve. Se iba a regalar una vida nueva. Al llegar el gran día entró por la puerta con una alegría rejuvenecedora, y le seguían familiares y amigos en su celebración. Cayó la noche y tras despedirse del último invitado sintió curiosidad por el desván, el único rincón de la casa todavía por explorar. Con la ayuda de un candelero buceó entre trastos viejos de dueños anteriores, hasta hallar un cofre del siglo XIX lleno de antiguas cartas de amor. Leyó la primera. Un caballero burgués llamado Umberto Salvador le había escrito a una mujer que era alta, pero no demasiado; rellenita, pero no en exceso, y tenía un pelo largo, rizado y castaño cayéndole por la espalda. Era casi idéntica a Paola, incluso tenía su edad. Con el paso de las hojas se dejó imbuir tanto por aquella fantasía literaria que se convirtió en esa mujer. Las palabras se volvían cada vez más reales, a la par que sensuales; subían como dedos por sus muslos y serpenteaban hacia los recovecos de su cuerpo. Al llegar a la última línea, Paola transpiraba, y entonces leyó lo que cambiaría para siempre su manera de entender las relaciones: la carta estaba dirigida a una mujer imaginaria.

Aunque la mujer de fantasía llevara otro nombre, para Paola el misterioso autor la había evocado a ella. Contó las cartas, eran exactamente 52. Se prometió leer una cada domingo de cada semana durante un año, para mantener no sólo la emoción, sino la relación más duradera de su vida. Porque no hacía falta ser bruja para resucitar a un hombre, bastaba con una imaginación poderosa. Las semanas pasaban y sus ansias por seguir leyendo no paraban de aumentar, cada nuevo detalle que descubría sobre su autor desataba las más variadas fantasías de cómo sería compartir una vida juntos. Un día se levantó y se dio cuenta de que vivía de domingo en domingo. Ella era el amor imaginario de él y él era el de ella, y era todo lo fuerte que se pueda imaginar el amor. Para aliviar su espera, Paola empezó escribir sus propias cartas en respuesta a Umberto. En éstas se reunían en su casa, en un tiempo indeterminado, para desatar la pasión endiablada de los amantes recientes. Pero con el paso de los meses también discutían, pasaban mañanas tranquilas, tardes románticas y vivían los vaivenes que toda pareja vive. Cuando había pasado casi un año, Paola notó cómo las cartas de él se enfriaban. Eran más escuetas y ya nunca hacían el amor. Al final tampoco lo hacían en las de ella, porque lo notaba distante, y en cierto sentido se sentía traicionada. El día en que Paola volvió a cumplir años, abrió la última carta y su una vez misterioso caballero se lo confesó todo. Se estaba viendo con otra mujer. Era al parecer una de esas de carne y hueso, una mujer morena, risueña y de inteligencia brillante. Y, cómo no, estaba en la flor de la vida: 193 años más joven que ella. Bienvenida a los cuarenta.

 

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