El silencio de Auschwitz

(Microcuento basado en la experiencia de mi amiga Martina)

 

Como casi cualquier ciudadano alemán, los recuerdos personales de Martina compartían espacio con los recuerdos de su pueblo. Y ahora la ola de extrema derecha que recorría Europa llegaba hasta su desayuno desde el periódico, hasta su comida desde la radio de la oficina y hasta su cena desde el noticiero de la tele.

¿Tan fácil le es al mundo olvidar?, se preguntaba Martina.

En busca de respuestas viajó al campo de concentración en Auschwitz-Birkenau. Mucho de lo que vio le estremeció. Le estremecieron los baños. Eran, como decía el escritor y político español Jorge Semprún, el lugar más libre del campo. Las largas letrinas de cemento olían tan mal que los guardias nunca entraban y los presos daban su opinión con total libertad. Eso era la libertad: un montón de mierda. Le estremecieron las ventanas de los dormitorios. Sólo dejaban ver alambradas y torres de guardia infranqueables. Eso era la libertad: la muerte. Pero, más que la libertad, lo que estremeció a Martina fue el silencio. El mismo silencio claustrofóbico, que debió encerrar a cada prisionero consigo mismo durante sus últimos meses, seguía en el aire. ¿Es que ya nadie quiere recordar lo que sucedió aquí?, se volvió a preguntar María al salir del campo. Entonces se estremeció una última vez al darse cuenta de que hasta en el bosque que la rodeaba no se oía ni el viento. Y los pájaros, veinte generaciones de pájaros después, todavía guardaban el silencio de los hombres, mujeres y niños que murieron enjaulados.

 

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