El fin de la evolución

Corre el año 2125 y la religión está a apenas medio minuto de poner punto y final a una larga batalla, de más de 200 años, librada contra el evolucionismo. El último darwinista vivo, John Theodore Lennard, cae muerto sobre su escritorio con el cráneo humeante y un revólver en la boca.

Pero la teoría de la evolución todavía da sus últimos coletazos en una nota de suicidio que hay sobre su mesa. La sangre impregna la nota y poco a poco entierra su contenido. Las últimas letras, que desaparecen al ritmo que las lees, rezan:

“…no puedo más. En un mundo donde se adapta antes una mentira llevadera que una verdad incómoda, quizá la teoría de la evolución nunca estuvo destinada a sobrevivir. La selección natural fue implacable hasta en esto.”.

 

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