Cuando Venus volvió al mar

Dediqué mi vida entera a la ciencia y moriría convencido de mi falta de fe si no fuera por aquel “milagro”.

Fue al poco de doctorarme en Biología Marina, por la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, cuando presencié la escena que me haría dejar de comer pescado para siempre. Estaba de viaje explorando la costa de Ischia, una isla al oeste de Italia, cuando durante una inmersión presencié comportamientos de lo más extraños entre las especies autóctonas de peces. Mis ojos no daban crédito a lo que vieron. Hice estancia en Sant´Angelo, una pequeña aldea pegada al mar donde, efectivamente, escuché decir a los nativos que ahí los peces habían aprendido a amar. Alessandro Piras, un pescador local, me invitó a acompañarle en su jornada de pesca para sacarme de mi incredulidad. Asombrado, pero lleno de tristeza, comprobé que los peces no sólo lloraban, ¡lloraban!, enmarañados en la red, sino que luchaban desesperadamente por alcanzar a darse los últimos besos.

Por lo que aprendí del pescador, detrás de un misterio se ocultaba otro mayor. En la aldea afirmaban que tiempo atrás se reencarnó Venus, la diosa romana del amor, en una niña. Su belleza no tenía parangón y tan sólo una mirada a sus pies bastaba para conquistar a un hombre. Tan hermosos eran que, cuando se hizo mujer, en verano los peces se juntaban dos veces en la orilla. Una, como siempre, al caer la noche para comer. Otra, al amanecer. Los peces se acercaban sigilosos, por si la mujer bajaba a nadar, y en secreto besarle los dedos de los pies. Hasta que un día contrajo una extraña enfermedad y la piel de su cuerpo empezó a caérsele. En el pueblo corría el rumor de que su cuerpo no aguantaba la belleza divina. Tan grave era que el médico le prohibió terminantemente levantar objetos pesados, lavar, fregar, tomar el sol y desde luego bañarse en la orilla. Fue a partir de ese día que los peces tuvieron que aprender a practicar solos su milagrosa costumbre.

Todavía lo intento racionalizar. La memoria es buena sustituyendo hechos por deseos y a mí edad lleva mucho recorrido. También sospecho que en el pueblo de Alessandro Piras eran dados a las tomaduras de pelo. Y ahora, viejo y con la Muerte oliéndome, presumo de jamás haberme sentido tentado por ninguna religión ni sus promesas de sobrevivir a mi cuerpo. Sin embargo, nunca me he permitido probar otro bocado de pez. Moriré así, sin atreverme a darle otro bocado. Sin entender nada.

 

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