Camina como los hombres

Tuve que aprender a caminar como los hombres. Cuando tenía cuatro años, mi madre, que bien sabía lo bruto que su marido podía ser, logró convencerle para que la dejara buscar ayuda externa. Me vieron varios especialistas pero lo único que sacamos de ellos era un montón de caramelos para que dejara de llorar, porque tanto mis músculos, como mis huesos y mi cerebro estaban perfectos. Leer completo.

La crisis de los 40

El cuerpo de Paola experimentó todo lo que quiso en su juventud durante la revolución sexual en Occidente, pero nunca tuvo suerte en el amor. No era mala persona ni mal amante, ni de mal ver ni de poco entender, ni de discutir en exceso ni le faltaba carácter; el amor simplemente conspiraba en su contra. A sus treinta y ocho años ninguna relación le había durado más de dos meses. Sólo había llegado a llamar novio a dos chicos. El primero la abandonó por una muchacha seis años más joven que ella y el segundo acababa de volvérselo a hacer, ésta vez por una trece años más joven. Paola odiaba a los hombres con la misma intensidad con que a veces se odiaba a sí misma. Parecían tener una fijación extrema por la juventud, algo que a ella se le escapaba de entre los dedos, y de la piel de los dedos, y del aliento, y del pelo y de la figura y de la voz y de las articulaciones y de la mirada. Hasta su alma envejecía. Leer completo.