La fantasmita

Itziar no era la niña más guapa del mundo. Su pelo rizado y moreno apuntaba en cualquier dirección y se le pegaba en la cara. Su piel era tan pálida que se podría colorear con lápices de colores. Pero, como todos los niños, contaba con facciones redondeadas y ojos gigantes, unos rasgos que doblegaban voluntades y anteponían sus pequeños intereses a los de las personitas un poco más grandes. Y ella lo sabía muy bien. Leer completo.

Camina como los hombres

Tuve que aprender a caminar como aprenden los hombres. Cuando tenía cuatro años, mi madre, que bien sabía lo bruto que su marido podía ser, logró convencerle para que la dejara buscar ayuda externa. Me vieron varios especialistas pero lo único que sacamos de ellos era un montón de caramelos para que dejara de llorar, porque tanto mis músculos, como mis huesos y mi cerebro estaban perfectos. Leer completo.

Perdonar no es fácil

Atraído por la sabiduría de Oriente, un exsoldado israelí llega a Mumbai para visitar a un renombrado maestro hindú. Nada más recibirle, el maestro —un anciano semidesnudo y envuelto en rastas— le pide que tome asiento en el suelo en frente de él, mientras echa humo de pipa por la nariz como un dragón. «¿Qué peso cae sobre su consciencia?», pregunta al soldado. Leer completo.

La crisis de los 40

El cuerpo de Paola experimentó todo lo que quiso en su juventud durante la revolución sexual en Occidente, pero nunca tuvo suerte en el amor. No era mala persona ni mal amante, ni de mal ver ni de poco entender, ni de discutir en exceso ni le faltaba carácter; el amor simplemente conspiraba en su contra. A sus treinta y ocho años ninguna relación le había durado más de dos meses. Sólo había llegado a llamar novio a dos chicos. El primero la abandonó por una muchacha seis años más joven que ella y el segundo acababa de volvérselo a hacer, ésta vez por una trece años más joven. Paola odiaba a los hombres con la misma intensidad con que a veces se odiaba a sí misma. Parecían tener una fijación extrema por la juventud, algo que a ella se le escapaba de entre los dedos, y de la piel de los dedos, y del aliento, y del pelo y de la figura y de la voz y de las articulaciones y de la mirada. Hasta su alma envejecía. Leer completo.