Camina como los hombres

Tuve que aprender a caminar como aprenden los hombres. Cuando tenía cuatro años, mi madre, que bien sabía lo bruto que su marido podía ser, logró convencerle para que la dejara buscar ayuda externa. Me vieron varios especialistas pero lo único que sacamos de ellos era un montón de caramelos para que dejara de llorar, porque tanto mis músculos, como mis huesos y mi cerebro estaban perfectos.

Aprendí a gatear prácticamente solo y era veloz como un ratón. Me encantaba gatear detrás de mi madre, lo hacía con una gran sonrisa en la cara porque se me disparaba la adrenalina al adelantarla, pero nunca gateaba cerca de mi padre. Me daba miedo, sobre todo las tardes que llegaba bebido a casa. A mí me decía: «si fuera por mí, haría tiempo que te hubiera enseñado a andar como se enseña a los hombres». Yo lloraba. Vivía en una casa de campo y un día de verano estaba con mi madre en el jardín, un jardín enorme y alargado de unos dos mil metros cuadrados, con piscina, un columpio y unos enormes abetos al lado de la valla que da a la carretera. Mi madre podía pasarse horas cogiéndome de los brazos y aguantando mis quejidos cuando quería ponerme de pie; yo dejaba lalo único que hacía era dejar las piernas muertas. Un día me cogió mi padre y lo intentó él, pero yo, terco de mí, dejaba caer mis piernas. Él, iracundo, estalló: «¡si quieres caer, nenaza, por mí bien!», me elevó medio metro en el aire y me soltó. Caí de culo. Dolió. Al principio no sentí mi trasero pero al rato no podía sentir otra cosa. Por primera vez en mi vida deseé su muerte. Arranqué a correr a cuatro patas, como hacen los monos, a una velocidad imposible para mi padre si me hubiera intentado alcanzar. Al principio lo intentó unos metros, luego se quedó paralizado, sorprendido de la velocidad de su hijo que se alejaba como una bala hacia los abetos de la vieja valla. Pegué un salto, dos, tres, y empecé a saltar entre sus ramas. Mi padre arrancó a correr detrás de mí lanzando gritos a ver si conseguía que bajara de ahí, pero no bajé hasta que se dio por vencido y se metió de nuevo en casa. A partir de ese incidente aproveché cada oportunidad para escaparme al jardín y colgarme entre las ramas. Mi padre mandó cerrar las puertas de la casa con llave para que no saliera. Vivíamos en una casa roja de dos pisos y mi cuarto estaba en el segundo. Llevaba tiempo pensándolo y al final una noche lluviosa, más o menos un mes después el incidente, me atreví. Mientras mis padres dormían abrí la ventana de mi cuarto y bajé hasta el jardín agarrándome de una canaleta. Pasé toda la noche entre los árboles y a la mañana mis padres me gritaban primero con miedo y luego, al empezar a llover, mi padre se enfureció. Mandó mi madre a entrar a casa y luego me amenazó con todo tipo de castigos mientras nos calamos bajo la lluvia. Al final bajé por voluntad propia, porque la verdad es que mis dientes ya castañeaban del frío y estaba muerto de miedo por la escalada de amenazas. Mientras bajaba del árbol mi padre me esperaba señalando al suelo delante de él para que volviera y me sentara ahí como un perro obediente. Sin embargo, una vez abajo, erguí por primera vez la espalda voluntariamente y di mis primeros pasos hacia él. Mi padre primero se sorprendió y luego me abrazó con fuerza gritando: «¡No vuelvas a hacernos esto nunca, me oyes!». Le miré la cara y fue la primera vez que le vi llorar, y creo es el recuerdo que mejor conservo de mi temprana infancia. La mañana de pesadilla derivó al final en un día soleado y simpático. No hubo castigo y con el tiempo mis padres me volvieron a dejar jugar en los árboles más bajos, siempre con alguno de los dos pendientes.

Bueno, esta es la historia de cómo aprendí a andar. Primero gateé como los ratones, luego trepé como los monos y al final erguí la espalda. Quizá ésa no es la evolución natural de los niños, pero, al contrario de lo que opinaba mi padre, ésa es la del hombre.

 

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